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En un territorio áspero, atravesado por el polvo, el silencio y una violencia que parece formar parte del paisaje, Lorena busca una salida. San Juan, la ruta hacia el norte, la frontera, más tarde otros países: en La quitapenas, los espacios no son un telón de fondo, sino una fuerza que modela los cuerpos, los lazos y sus derivas. También la época deja su marca: en la Argentina quebrada del estallido de 2001, la crisis se filtra en la intimidad y vuelve inseparables el derrumbe colectivo y el desgarro privado.

Con una prosa de gran intensidad sensorial y una lucidez infrecuente para internarse en lo incómodo, esta novela narra una fuga, pero, sobre todo, una conciencia en conflicto: la de una mujer asediada por las ruinas de la infancia, el duelo. La insatisfacción que no encuentra cauce; la experiencia contradictoria de la maternidad; el peso de una herencia afectiva de la que no resulta sencillo desprenderse. En esa tensión, La quitapenas dialoga con La hija oscura, Matate, amor y Distancia de rescate mientras encuentra una cadencia propia para interrogar aquello que, durante tanto tiempo, quedó al margen del relato: la ambivalencia materna; la fragilidad de los amparos; la familia como núcleo de cuidado y herida; la huida como gesto de preservación.

Pero hay en esta historia algo que excede su geografía y las circunstancias que la rodean. Porque, aunque transcurra en un mundo preciso, bajo una luz, una lengua, una temperatura reconocible, los dilemas que la recorren persisten más allá de cualquier coyuntura: ¿qué hacemos con el daño heredado?, ¿cuánto de nuestras vidas responde al deseo y cuánto al mandato?, ¿cómo se sostiene un vínculo cuando el amor ya no alcanza para proteger? Así, la travesía de Lorena deja de ser solo suya: se vuelve una forma de preguntarnos a todos. ¿Hasta dónde una vida nos pertenece? ¿Cuáles son las heridas que seguimos cargando como si fueran destino? ¿Qué sucede si alguien, al fin, se atreve a romper la trama que parecía escrita de antemano?

La quitapenas-Delfina Uriburu

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En un territorio áspero, atravesado por el polvo, el silencio y una violencia que parece formar parte del paisaje, Lorena busca una salida. San Juan, la ruta hacia el norte, la frontera, más tarde otros países: en La quitapenas, los espacios no son un telón de fondo, sino una fuerza que modela los cuerpos, los lazos y sus derivas. También la época deja su marca: en la Argentina quebrada del estallido de 2001, la crisis se filtra en la intimidad y vuelve inseparables el derrumbe colectivo y el desgarro privado.

Con una prosa de gran intensidad sensorial y una lucidez infrecuente para internarse en lo incómodo, esta novela narra una fuga, pero, sobre todo, una conciencia en conflicto: la de una mujer asediada por las ruinas de la infancia, el duelo. La insatisfacción que no encuentra cauce; la experiencia contradictoria de la maternidad; el peso de una herencia afectiva de la que no resulta sencillo desprenderse. En esa tensión, La quitapenas dialoga con La hija oscura, Matate, amor y Distancia de rescate mientras encuentra una cadencia propia para interrogar aquello que, durante tanto tiempo, quedó al margen del relato: la ambivalencia materna; la fragilidad de los amparos; la familia como núcleo de cuidado y herida; la huida como gesto de preservación.

Pero hay en esta historia algo que excede su geografía y las circunstancias que la rodean. Porque, aunque transcurra en un mundo preciso, bajo una luz, una lengua, una temperatura reconocible, los dilemas que la recorren persisten más allá de cualquier coyuntura: ¿qué hacemos con el daño heredado?, ¿cuánto de nuestras vidas responde al deseo y cuánto al mandato?, ¿cómo se sostiene un vínculo cuando el amor ya no alcanza para proteger? Así, la travesía de Lorena deja de ser solo suya: se vuelve una forma de preguntarnos a todos. ¿Hasta dónde una vida nos pertenece? ¿Cuáles son las heridas que seguimos cargando como si fueran destino? ¿Qué sucede si alguien, al fin, se atreve a romper la trama que parecía escrita de antemano?